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Hiram Bingham y La Ciudad Perdida de los Incas

El descubridor científico de Machupicchu fue Hiram Bingham (1,876 – 1,956), profesor, historiador y explorador, quién nació en Koolau Maui perteneciente a Hawai, dominio norteamericano. Fue el tercero en llamarse así, dentro de una larga y honorable familia. De su padre, uno de los primeros misioneros cristianos en el archipiélago de Gilbert en la Polinesia, heredó su insaciable ansia de explorar lo desconocido y su admirable disciplina intelectual.

Estudió en la Universidad de Yale y luego en Harvard, donde se graduó de Doctor en Filosofía, para después dedicarse a la enseñanza a la temprana edad de 26 años.

Llegó a Sudamérica con la intención de conocer y estudiar los caminos que había recorrido el “gran general Simón Bolívar”, él mismo cuenta: “Mis experiencias en Venezuela y Colombia me enseñaron la gran ventaja que significa para un explorador tener el respaldo del Gobierno; por eso decidí sacar partido de mi posición como delegado oficial de los Estados Unidos para penetrar en los Andes centrales y seguir el viejo camino comercial español de Buenos Aires a Lima. Acompañado de mi amigo Clarence L. Hay, y partiendo del Cusco, me propuse cruzar la tierra incaica a lomo de mula”.

Su propósito recién pudo hacerse realidad a comienzos de 1,911, después de realizar un difícil viaje al departamento de Abancay. Partió de Nueva York en junio y se detuvo en Lima para estudiar los relatos de los cronistas, luego viajó al Cusco y, previa indagación sobre las posibles ciudades incas, inició su recorrido en julio de 1,911. Se dirigió por el valle del río Urubamba, tocó Ollantaytambo, continuó hasta Torontoy, pasó por un caserío llamado Maquinayuj (lugar que significa “que tiene máquina”) y finalmente llegó al lugar llamado Mandorpampa.

En este lugar Bingham y su expedición acamparon cerca de la modesta vivienda del campesino Melchor Arteaga, quien los observaba con mucha curiosidad. El sargento Carrasco, quien los acompañaba como seguridad, les sirvió de intérprete y así se enteraron que “existían buenas ruinas en esta vecindad”.

“El amanecer del 24 de julio fue de una helada llovizna. Arteaga tiritaba y se mostraba inclinado a permanecer en su choza. Le ofrecí remunerarle bien si me mostraba las ruinas, a lo cual objetó que era muy pesado el trayecto ascendente en un día tan húmedo. Pero cuando descubrió que yo estaba dispuesto a pagarle un sol, o sea tres o cuatro veces el salario que se pagaba en las vecindades, consintió finalmente en ir. Cuando le preguntamos dónde estaban las ruinas, señaló rectamente hacia lo alto de la montaña. Nadie supuso que serían especialmente interesantes, ni tampoco alguno mostró interés de acompañarme… Por eso, acompañado del sargento Carrasco, dejé la tienda a las diez de la mañana. Arteaga nos llevó por alguna distancia corriente arriba. En el camino pasamos junto a una serpiente recién muerta….Después de una caminata de tres cuartos de hora, Arteaga abandonó el camino principal y se internó en la selva hasta la ribera del río”.

Muy atemorizados cruzaron un pequeño puente de frágiles troncos unidos con lianas. Continuaron la difícil ascensión durante una hora y veinte minutos hasta que, muy agotados, llegaron a las pequeñas viviendas de indios Richarte y Alvarez, quienes “encontraban aquí bastantes terrazas para sus cosechas” y las venían trabajando cuatro años atrás.

Después de descansar un momento y de saciar su sed con “goteantes calabazas de agua fresca” decidió explorar las ruinas y pidió que alguien le mostrara el lugar, “conmigo fue un muchacho pequeño que me sirviera de “guía”. El niño lo condujo por lo más representativo de lugar y Bingham quedó deslumbrado con lo que estaba viendo: “Realmente me quedé sin aliento ¿Cuál podía ser este lugar? ¿Por qué nadie nos dio idea alguna de él?. Hasta Melchor Arteaga se mostró sólo moderadamente interesado y no apreció la importancia de las ruinas…”.

Pese a que Machupicchu estaba completamente cubierto de frondosa vegetación, Bingham inmediatamente comprendió que se trataba de un importantísimo conjunto arqueológico, el relata: “un verdadero bosque de grandes árboles que crecieron en las terrazas durante siglos”.

Los trabajos se iniciaron estableciendo una ruta para el transporte de mercaderías, ya que todo tenía que ser trasladado a pie. Se optó por el camino que tomaron inicialmente guiados por Melchor Arteaga, donde se tendió un excelente puente rústico que sustituyó al anterior hecho de frágiles troncos amarrados con lianas.

Los trabajadores realizaron su labor con extrema cautela, pues las serpientes venenosas abundaban en la espesa vegetación. El proceso paciente y sistemático de excavación tenía por fin hallar información sobre la vida de los antiguos habitantes del lugar.

Inicialmente no se hallaron restos humanos ni vasijas de ningún tipo, pero cuando se excavó fuera y bajo el Templo de las Tres Ventanas, se halló cantidad de fragmentos de vasijas decoradas. Bingham optó entonces por buscar cavernas sepulcrales y alentó a los peones ofreciéndoles un jornal equivalente a tres o cuatro días de trabajo.
Se halló gran cantidad de cuevas con restos humanos, tanto dentro del sector urbano como afuera, pero las excavaciones más fructíferas se hicieron en los alrededores del Templo del Sol. En total se hallaron los restos de 173 individuos, de los que por lo menos 150 correspondían a mujeres.

Hiram Bingham relata: “Un día hallamos la sepultura de la suprema sacerdotisa o “Mamacuna”, priora del convento, la persona responsable de la enseñanza de las Mujeres Escogidas….Cerca de los huesos encontramos los efectos personales, cerámica y el esqueleto de su perro, de tipo parecido al collie que criaban los incas”.

En toda la ciudad nunca se halló algún objeto de oro.

Entre 1,911 y 1,912 y luego entre 1,914 y 1,915 se tomaron alrededor de doce mil fotografías que se hallan en los archivos de la Hispanic Society of América de la National Geografic Society y de la Universidad de Yale.
“Prácticamente todos los ejemplares de historia natural están depositados en la Smithsonian Institution de Washington. Casi todo el material arqueológico se encuentra en el Museo de la Universidad de Yale, excepto el que obtuvimos en las excavaciones de 1,914 – 1,915, que fue entregado al gobierno peruano”

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